La mayor fuente de error reside en la idea de la verdad
Dicho esto, no se trata en absoluto de reducir el problema del error humano al problema biológico (o viviente) del error. Es preciso decir que el dominio del error humano es mucho más vasto y comporta desarrollos totalmente nuevos. Es cierto que el hombre predador induce al error y que su astucia prolonga y desarrolla su astucia animal: la hominización no solo se desarrollo a través del desarrollo de los útiles de caza, sino también por la aparición y perfeccionamiento de engaños de un carácter nuevo, la imitación del grito de los animales, la utilización de trampas, etc. Pero es cierto que, en lo que al error concierne, el fenómeno propiamente humano va unido a la aparición del lenguaje, es decir, de la palabra y de la idea. Se puede decir que la palabra ha permitido una forma nueva y maravillosa de inducir al otro al error, a saber, la mentira. Es verdad que la idea- que nos es necesaria para traducir la realidad del mundo exterior, o sea, comunicar con el mundo exterior- es al mismo tiempo lo que nos induce a equivocarnos sobre este mundo exterior. Efectivamente, el espíritu humano no refleja el mundo: lo traduce a través de todo un sistema neurocerebral donde sus sistemas captan un determinado número de estímulos que son transformados en mensajes y códigos a través de las redes nerviosas, y es el espíritu-cerebro el que produce lo que se llaman representaciones, nociones e ideas por las que percibe y concibe el mundo exterior. Nuestras ideas no son reflejo de lo real, sino traducciones de lo real. Estas traducciones han tomado forma de mitología, de religiones, de ideologías, de teorías. A partir de ahí, como toda traducción comporta riesgo de error, las traducciones mitológicas, religiosas, ideológicas, teóricas, han hecho surgir incesantemente innumerables errores en la humanidad. Como contrapartida el problema de la verdad interrumpe por fin en el universo de las ideas. Pero la verdad emerge en primer lugar bajo una forma absoluta; no solo bajo la forma absoluta de las ideas dogmáticas. La aparición de la idea de la verdad agrava el problema del error, pues cualquiera que se crea poseedor de la verdad se vuelve insensible a los errores que pueden encontrarse en su sistema de ideas, y evidentemente tomará como mentira o error todo lo que contradiga su verdad se vuelve insensible a los errores que pueden encontrarse en su sistema de ideas, y evidentemente tomará como mentira todo lo que contradiga su verdad. La idea de verdad es la mayor fuente del error que se puede considerar jamás; el error fundamental reside en apropiación monopolista de la verdad. No basta con decir: “La verdad no me pertenece, soy yo el que pertenece a la verdad”. Esto es una forma pseudomodesta de decir: “¡El absoluto habla por mi boca!”. Todos los problemas del origen de la ciencia se refieren a la desdogamatización de la verdad. La concepción medieval de la verdad no se creía arbitraria. No disponía solamente, como fundamento, de la revelación divina: la escolástica medieval (al menos la que había integrado al aristotelismo) pensaba que su concepción era racional; ¡todas las observaciones que contradecían sus observaciones eran consideradas como irracionales! Y en nombre de lo que se cree la racionalidad- pero que no es otra cosa que la racionalización (es decir, el sistema de ideas autojustificadas)- se rechaza el juicio de los daros; la emergencia de una vida nueva, por el escándalo que acarrea en el seno de un sistema cerrado, por la ruina que amenaza con introducir, es percibida como irracional, puesto que va a destruir lo que el sistema creía su propia racionalidad. Y esta es la razón, por lo demás, de que los primeros descubrimientos científicos parecieran totalmente irracionales.
El juego del error y de la verdad
Llegamos aquí al doble problema de la verdad que es imperativo distinguir; existe la verdad de las teorías científicas que cree tener su fundamento, su justificación y su prueba en el universo de los fenómenos, es decir, bien sea por observaciones hechas por observaciones diferentes, bien por experimentaciones hechas por experimentadores diferentes; esta verdad de facto es totalmente distinta de esa otra verdad (aunque lleve el mismo nombre) que se refiere a ortodoxias, normas, finalidades, creencias, que se piensa que son sanas, buenas, justas, necesarias y vitales para la sociedad. En este momento, es evidente que el problema no se plantea en absoluto a nivel de la verificación. El problema se plantea a nivel de los sistemas de valores; y el problema se complica, pues este tipo de verdad escapa a la refutación. Pero de todos modos, toda desviación, toda contradicción en relación a la norma aparece siempre, desde el punto de vista de esta verdad, como error. Dicho de otro modo, todo lo que surge de nuevo en relación al sistema de creencias o de valores establecidos aparece siempre y necesariamente como una desviación y corre el riesgo de ser aplastado como error. Ahora bien, de hecho la historia ha evolucionado a través de estos errores relativos- sean ideológicos, políticos, religiosos o científicos-, y es aquí efectivamente donde se puede hablar de vagabundeos o de juego del error y de la verdad.
El problema de la fecundidad del error no puede concebirse sin una determinada verdad en la teoría que ha producido el error; por ejemplo, la historia de Cristóbal Colón buscando la India y encontrando América. ¿Por qué se equivoco? Porque se fundaba en una teoría verdadera como es que la tierra es redonda; otro que hubiera pensado que la tierra era plana no hubiera confundido nunca América con la India. La prosecución del descubrimiento del Universo es lo que iba a permitir rectificar el error de Colón, es decir, confirmar la teoría que había sido la fuente de este error. Veamos que en efecto, hay un cierto juego, en absoluto arbitrario, del error y la verdad.
¿Dónde esta la verdad de la ciencia?
Pero pasemos al problema de verdad científica, que fue un problema central- y lo sigue siendo hoy- porque durante mucho tiempo, y hoy todavía para muchos espíritus, nuestra concepción de la ciencia era identificada con la verdad. La ciencia parecía el único lugar de certidumbre, de verdad cierta, en relación al mundo de los mitos, de las ideas filosóficas, de las creencias religiosas, de las opiniones. La verdad de la ciencia parecía indudable, puesto que se fundaba en verificaciones, en confirmaciones siempre los mismos datos. Sobre esta base, una teoría científica que constituía una construcción lógica y la coherencia lógica que parecía reflejar la coherencia misma del Universo, la ciencia no podía ser sino verdad. Y sin embargo, podía ya ser planteada la cuestión de saber cómo era que (como dijo Whitehead) la ciencia era mucho más cambiante que la teología. El problema tiene una primera respuesta extremadamente clara: al fundarse en lo inverificable la teología puede tener una enorme estabilidad; por el contrario, la ciencia hace surgir incesantemente datos nuevos que contradicen y hacen obsoleta la teoría que existe. La aparición de datos nuevos necesita de teorías más amplias o diferentes. Estos nuevos datos surgen de manera ininterrumpida, pues el movimiento de la ciencia moderna es al mismo tiempo un movimiento de perfeccionamiento de los instrumentos de observación y de experimentación (desde el anteojo de Galileo hasta el radiotelescopio y los instrumentos de detección que usan los satélites y los viajeros del espacio). Esto se ha visto en la exploración de Saturno: las observaciones que habían sido reveladas con anterioridad no eran falsas; eran totalmente insuficientes y por ello conducían a teorías erróneas. No sólo está el problema de los datos que cambian las teorías, sino que la propia visión de las teorías cambia. Karl Popper ha dicho que las teorías no son inducidas a partir de los fenómenos, sino que son construcciones del espíritu más o menos bien aplicadas a lo real, es decir, sistemas educativos. Dicho de otro modo, una teoría no es nunca, en tanto que tal, un “reflejo” de lo real. A partir de ahí, no se admite una teoría científica porque sea verdadera, sino porque resiste a la demostración de su falsedad. Popper concibe de este modo la historia de las teorías científicas en analogía con la selección natural: las teorías mejor adaptadas a la explicación de los fenómenos son las que sobreviven, hasta que el mundo de los fenómenos que depende del análisis se amplia y necesita nuevas teorías. Aquí ha invertido Popper la problemática de la ciencia; se creía que la ciencia progresaba por acumulación de verdades: él ha mostrado que el progreso se realiza sobre todo por eliminación de errores en la búsqueda de la Verdad.
Thomas Kuhn mostró en su libro La estructura de las revoluciones científicas que la ciencia no sólo evoluciona de manera “progresiva”, de manera “selectiva”, sino también de forma “revolucionaria”, por revoluciones a nivel de los principios de explicación, o paradigmas, que rigen nuestra visión del mundo; y no solamente la visión del mundo se amplia más y más, sino que la propia estructura de la visión del mundo se transforma. De este modo, nuestro universo no sólo se ha ampliado desde Copernico y Laplace; se ha transformado en su sustancia y en su ser. Por otra parte, la lógica de las teorías ya no comporta en sí una prueba intrínseca de verdad. El gran matemático Hilbert soñó con dar un fundamento absoluto a las teorías científicas sobre la base de su formalización y su axiomatización. Ahora bien, el teorema de Godel ha demostrado que un sistema lógico formalizado complejo tiene al menos una proposición que no puede ser demostrada, proposición indecisible que pone en juego la consistencia del sistema. Así, no se puede probar lógicamente la verdad de un sistema teórico, y la lógica se vuelve insuficiente a partir de ahí. Este teorema de limitaciones no es desesperante. En efecto, Godel (como Tarsky, que, al mismo tiempo, semantizaba la lógica o logificaba la semántica) mostró que si un sistema no puede encontrar su prueba en sí mismo, pude suscitar la elaboración de un metasistema que establezca esta prueba: pero el metasistema mismo comportará sus propios fallos, y el juego verdaderamente abierto e indefinido. No voy a entrar en todas las discusiones sobre Ciencia y Verdad. Quiero subrayar solamente que la ciencia progresa porque tiene reglas del juego, que conciernen a la verificación empírica y lógica. También progresa por que es un campo en el que se entrecombaten teorías y, tras estas teorías, postulados metafísicos e ideologías “de detrás de la cabeza”.
Dos consecuencias se desprenden de esta visión.
Por una parte, un investigador de las ciencias más nobles (sean las ciencias exactas) no es más inteligente que un investigador de las ciencias bajas (sea la sociología, por ejemplo), ni tampoco siquiera que un simple ciudadano; el primero únicamente tiene mejores posibilidades de verificación, y los constreñimientos de las reglas del juego permiten seleccionar las teorías más rigurosas.
Por otra parte, es preciso dejar de soñar con una ciencia pura, una ciencia liberada en toda ideología, una ciencia cuya verdad sea tan absoluta como la verdad del “ 2+2=4”, es decir, una ciencia “verdadera” de una vez por todas; por el contrario, es preciso que haya conflicto de ideas en el interior de la ciencia comporta ideología. No obstante, la ciencia no es pura y simple ideología, pues, animada por la obsesión de la objetividad, traba un comercio permanente con el mundo y acepta la validez de los observadores y experimentadores, cualesquiera que sean su raza, color, opiniones, etc. Si, en efecto, la ciencia traba un comercio particular con la realidad del mundo de los fenómenos, su verdad en tanto que la ciencia no reside, sin embargo, en sus teorías, sino en las reglas del juego de la verdad y del error.
Edgar Morin, Ciencia con Consciencia. El error de subestimar al error, pag. 277-283